A Minina · Mamagataflexiones

“Es que hay que tumbarse…” o la importancia de la rutina y de sentirnos cerca

Madre e hija

Ni siquiera recuerdo cuándo sucedió. Fue hace unas semanas, no muchas, pero no sé si son dos, tres o cuatro. Como casi siempre, me levanté antes que tú para dejar algunas cosas medio hechas antes de que te despertaras. Sin darme cuenta, el tiempo pasó demasiado rápido y cuando fui a tu cuarto, ya era un poco más tarde de lo que debía. Como no podía ser de otro modo, tú te despertaste  más remolona de lo habitual… Y poco a poco, se fue torciendo todo.

No sabría decir qué, exactamente. Pero yo estaba cada vez más enfadada, y tú cada vez más gruñona y negativa. No querías desayunar, no te gustaba la ropa, no querías lavarte los dientes, y no hablemos ya de peinarte. Entonces, mosqueada, te dije algo de malas maneras y te tomé en brazos para ir a tu cuarto. Y allí llegó la revelación en forma de cinco pequeñas palabras: “Es que hay que tumbarse”.

¿Mi primer instinto? Decir que no había tiempo, que al final llegaríamos tarde, que ya nos tumbaríamos al día o por la tarde… Pero sólo duró una milésima de segundo, porque enseguida lo entendí: Es que hay que tumbarse. Tú, mamá, absorbida por el concepto del tiempo que yo no tengo, tienes prisa porque “llegamos tarde”, aunque yo no sepa muy bien qué es eso. Pero no hemos cumplido nuestro ritual de cada mañana en días de colegio. No nos hemos tumbado ya no digo cinco o diez, sino siquiera dos minutos en el sofá, juntas, para mirarnos a los ojos, decirnos cositas y luego cerrarlos para remolonear un poco. No lo hemos hecho, y lo sagrado es sagrado. Así que para, detente, y dedícame ese tiempo que necesito para que conectemos cada mañana y todo vaya con mal o buen pie, pero mejor que si no lo hacemos. Porque a mí me hace falta, y seguramente, aunque no lo sepas, a ti también te irá bien.

“Tienes razón, cariño. Se me ha olvidado. ¿Nos ponemos dos minutitos?” Tú asientes, feliz. Nos tumbamos en el sofá, te acurrucas. Nos decimos algo, nos miramos. Respiramos y consigo olvidarme del reloj por poco tiempo. A partir de aquí, todo fluye de otra forma. Acabar de vestirte es fácil, lavarse los dientes vuelve a ser un juego y peinarte es un momento. Vuelvo a mirar el reloj y, en realidad, tampoco es tan tarde, unos pocos minutos de diferencia con respecto a otros días. Salimos de casa y vuelve la pregunta de siempre: “Mami, ¿me llevas?”. “Sí, pero ve caminando hasta donde están los coches, que ya pesas mucho y no puedo llevarte todo el rato”. Y lo aceptas, tranquila. Ahí donde hemos pactado, te tomo en brazos y aprovecho para acelerar un poco el paso pero sin que se note demasiado.

Cuando ya te he dejado en clase y salgo de la escuela, vuelvo a mirar el reloj. Y siete. Cuando hay días que entre que esperamos a que abran la puerta, y que acaben de entrar los compañeros que van delante, es casi la misma hora cuando yo me marcho. Como suele sucederme en estos casos, esto me hace pensar en el mundo en el que vivimos y en lo poco preparado que está para los niños. Este mundo de prisas, de horarios, fechas y condiciones establecidas que si ya es estresante para un adulto, no digamos para los pequeños. En lo fácil que es olvidarse de los detalles cuando te dejas absorber por el tiempo.

Lo primero que hago es sentirme agradecida porque en tu colegio la entrada sea flexible y den esos diez minutos de margen para que no sea todo tan brusco. Y recuerdo, después, la promesa que me hice de intentar alejarte de esta realidad adulta dentro de mis posibilidades. Aunque implique dormir algo menos para dedicarte más tiempo cuando estás despierta. O levantarte a ti un poco antes para poder ir con más calma. O bien parar unos minutos, cuando sea (y si las circunstancias lo permiten), porque a ti te haga falta. Porque no quiero que, cuando eches la vista atrás, tengas la sensación de que hemos vivido con prisas, al menos no en momentos innecesarios.

Sé que no siempre lo conseguiré. Sé que muchas veces me resultará imposible por las circunstancias. Otras, como pasó entonces, ni siquiera me daré cuenta de lo que estoy haciendo. Pero en esas, al menos, espero que sepas perdonarme, porque te aseguro que no será algo que haga aposta. Y espero además que, si tú te das cuenta, seas quien me pare, y me  muestre lo que es realmente importante, como hiciste esta vez. 🐱

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