A Minina · Mamagataflexiones

Tus ojos me miran…

Madre e hija
Imagen de Claudia Tremblay, en Pinterest

Tus ojos me miran con devoción infinita, y yo me derrito.

Suele pasar cuando tomas pecho, las dos tumbadas en la cama. Te apartas un poco, me miras y sonríes. Amor absoluto y felicidad plena combinados con la forma almendrada que adquieren tus enormes ojos al alzar la vista. A veces no dices nada, otras comentas “mama, a’pecho”, como si quisieras reafirmar que estás mamando y que te encanta hacerlo. “¿De quién es el pecho?” “Ah’taia” “No, es de la mama (te chincho), pero yo te lo dejo”. Desde hace un tiempo, incluso osas hacer alguna referencia a los juegos que más te gustan: “Mama, ¿qué hase a’Lula?” “¿Qué hace Lula, cariño?” “Auuuuuuuu” y te ríes y vuelves a engancharte al pecho, porque lo que cuenta es lo importante.

También lo siento cuando te despiertas por ti sola, feliz y risueña. El pelo alborotado formando un sol loco y desmelenado alrededor de tu rostro. “¿Eres un sol, solet?” Te pregunto. “Sí”. Me respondes sonriente, sin entender a qué me refiero. Y ahí está tu mirada… grande, azul y cristalina. O cuando jugamos las dos, y me miras pletórica porque has conseguido hacer aquello que te estaba costando. “¿Un abrazo grande, grande, para celebrarlo?” y a veces te acercas corriendo, otras con cierta timidez y otras simplemente sigues jugando porque no te apetece.

Tus ojos ojos también me buscan, cuando te sientes insegura. A veces vienes hasta mí en busca de cobijo, pero otras la mirada es más que suficiente. Una referencia, asegurarte de que estoy para ti si hace falta; un “¿Sigues ahí? ¿Me tienes en cuenta?” “Cómo no tenerte”, pienso yo. “Sigue explorando, sigue jugando, que yo de aquí no me muevo“.

Pero en cambio, otras veces… Otras veces tus ojos me miran con desprecio. Porque los mayores amores provocan los odios más grandes. Porque tú te enfadas, te enfadas a menudo (¡bendita aDOSlescencia!); sobre todo conmigo, que es con quien pasas más tiempo, que soy quien establece más límites. Ciñes el entrecejo, haces esa caída de ojos que has heredado de tu padre, de persona ofendida, “de hacerte la digna”, como yo la llamo, y te alejas agraviada. Yo me río por dentro, o bien tomo aire (depende del momento) y espero. “¿Quieres que te abrace?” “No.” “¿Quieres que te ayude?” “No.” “Vale, estoy aquí, si quieres algo”. Y espero. O me alejo y te dejo tu espacio. Porque esto también es herencia paterna, y un cabreo es un cabreo, con su “ahora déjame en paz” incluido. Otras veces me persigues mientras lloras, para que vea tu sufrimiento. Y yo siempre intento mantener la calma; porque sé que cuando te haga falta, cuando los muros caigan por sí solos, vendrás a mí para “volver a la normalidad” o para que te de consuelo. Y yo estaré allí esperando con los brazos abiertos, dispuesta a abrazarte y a darte miles de besos.

Y tus ojos volverán a mirarme con devoción infinita, y yo me derretiré de nuevo.

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