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Te di en el culo y todavía me duele

Madre e hija
Imagen de Claudia Tremblay, en Pinterest

Te di en el culo y todavía me duele.

Fue antes de verano, ya ha pasado tiempo y ni siquiera fue fuerte, sólo un “toque de atención”… pero cuando me acuerdo no me siento orgullosa. Porque decidí hace tiempo que no quería que ese tipo de trato formara parte de tu educación y, sin embargo, lo hice. No una, sino dos veces. En circunstancias muy parecidas, pero en días diferentes. Y cuando me acuerdo, me siento mal.

Me siento mal porque soy consciente de que ese acto tuvo que ver más con mi incapacidad de gestionar la situación que por lo que tú hiciste. Yo necesitaba tender la ropa, y tú querías jugar. Yo estaba cada vez más nerviosa, y tú no parabas de pisar el charco del suelo y de tocar la tierra de las plantas y tirarla al suelo. Te pedía que pararas, intentaba que te distrajeras con otras cosas, pero para ti todo era un juego, hasta mi enfado creciente… y te di en culo, y todavía me duele.

Y por lo que más me duele es porque sé que podría volver a pasar, que a veces no tengo la paciencia o las herramientas necesarias para gestionar todo lo que sucede y, del mismo modo que me enfado y a veces alzo la voz o hablo en mal tono, puede ser que alguna vez te vuelva a dar en culo, igual que alguna vez, casi sin darme cuenta, te he dado en la mano para que dejaras de hacer algo, o soltaras lo que acabas de coger. Aunque no sea lo que quiero, aunque luego me sienta mal y me disculpe si considero que debo hacerlo, lo cierto es que a veces la forma en que la mayoría hemos sido educados hace acto de presencia e irrumpe en lo que yo pretendo construir contigo.

Y con esto no critico a quien opine diferente que yo, puesto que yo pensaba igual hasta no hace tanto tiempo y, como siempre he dicho, estoy convencida de que todos los padres actuamos pensando que hacemos lo mejor para nuestros hijos. Simplemente me gustaría poder actuar con más calma siempre, que mi paciencia fuera infinita, y quiero ser capaz de educarte con firmeza, claro está, pero siempre con (y desde el) cariño.

Por eso, te pido perdón por aquellas dos veces, te pido perdón por el manotazo antes mencionado, por mis faltas de paciencia ya vividas y las venideras. Sólo espero que, con el tiempo, leas esto o no, comprendas que cuando hago esas cosas no me siento para nada orgullosa, que gracias a ti intento ser mejor persona, mejor madre, y que pienso seguir intentándolo pero, por desgracia, a veces me equivoco. También espero ser capaz de reconocerlo y de disculparme cuando suceda, porque el tiempo y la experiencia me han enseñado que el orgullo mal entendido no sirve absolutamente para nada, y menos en las relaciones familiares. Y sobre todo… sobre todo espero que tú sepas perdonarme, que sepas que aunque me equivoque, lo vea o no, lo admita o no, te quiero por encima de todas las cosas, y siempre querré lo mejor para ti.

🐱

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