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Equilibrando la balanza – Calidades de vida

logoheart_thumb3¡Hola Mamagatas!

Hace ya unos días que Samanta Villar dio una entrevista en la que, para promocionar su nuevo libro “Madre hay más que una“, hablaba de una forma un tanto inusual sobre la maternidad.

Sus declaraciones (y opiniones y juicios varios al respecto) se han hecho virales, sobre todo entre aquellos que usamos redes sociales y en ellas seguimos, tratamos y compartimos grupos, páginas, temas y artículos relacionados con la maternidad. Personalmente, no había escrito sobre el tema por mantenerme como la firme defensora del “quién soy yo para juzgar a nadie” que me considero; pero tras darle muchas vueltas, haberlo comentado con amigas y conocidas y haber sido etiquetada en artículos relacionados con el tema (por una amiga, no voy a ir de un fenómeno social que no soy XD ) he pensado que tampoco estaría mal que lo hiciera.

La primera vez que leí sobre las declaraciones de Samanta Villar fue en un grupo de crianza de Facebook. Para ser sincera, al principio me quedé escandalizada, ¿cómo podía decir esas cosas? ¿Cómo hablaba así de sus hijos? Pero luego vino la reflexión y, con ella, los recuerdos de los primeros meses y algunos no tan lejanos. Y una vez más me dije a mí misma: “Cómete tus juicios previos hacia sus declaraciones con patatas porque quizá nunca lo hayas verbalizado así, pero sí has pensado o sentido algo parecido”. Y lo cierto es que podría estar haciendo divagaciones y disertaciones sobre las declaraciones de Samanta sin llegar a nada en concreto durante miles de palabras, pero como no quiero irme por las ramas, me ceñiré a lo que más he leído para exponer mis ideas.

Hay un relato único de la maternidad como un estado idílico, que no coincide con la realidad y estigmatiza a las mujeres.

Estoy de acuerdo y no lo estoy. Porque si alguien cree que la maternidad es un estado idílico, es que vive en la ingenuidad pura. Todos tenemos amigos, familiares, vecinos que han tenido hijos. Yo me creía muy consciente de lo que significaba ser madre antes de serlo. Por una parte, por compañeras de trabajo con hijos ya adolescentes o post-adolescentes; por otra aún más cercana, por amigas que lo han sido antes que yo. Y aunque no han sido muchas, he escuchado todas las experiencias posibles: aquella cuyo bebé durmió seis horas del tirón desde el principio y la que se tiró meses despertándose cada 15-30 minutos; aquella que tenía un niño muy tranquilo y la que tenía un bebé que con unas semanas nunca paraba quieto; aquella cuya relación de pareja se ha fortalecido, aquella en la que se ha resentido y aquella que ha tenido que ser madre soltera.

Sí, había oído de todo y pensaba que estaba totalmente preparada. Pero una cosa es pensarlo y la otra es estarlo. Una es imaginarte no dormir más de 30 minutos seguidos durante medio año, y otra tirarte 11 meses despertándote por la noche cada tres horas; una cosa es imaginarte lo duro que es tener un bebé, y otra es tenerlo y que “el peso de la maternidad” recaiga sobre ti.

Siempre recordaré una de las primera duchas que me di en casa, seguramente la primera: aún convaleciente por la cesárea, tras días durmiendo en tramos de dos horas y media o tres, cansada, con los pechos doloridos, muerta de hambre todo el día. Conforme el agua me caía en la cabeza empecé a pensar: tengo una hija, un bebé indefenso que depende de mí. No debería estar en la ducha, debería estar con ella. Pero necesito ducharme. Y estoy cansada, y preocupada. Porque a veces llora y no sé qué le pasa. Porque espero que no tenga cólicos. Porque no sé si es normal que sólo mame 5 minutos y pare. Pero si hasta después de dos o tres horas no vuelve a pedir será que se queda bien, digo yo. Y estoy preocupada. Porque depende de mí, porque dependerá de mí durante muchos años, y cuando deje de hacerlo, yo seguiré siempre preocupada por ella. Porque esto va a ser así PARA SIEMPRE… Y salí de la ducha llorando, agobiada, agotada.

Lo recuerdo porque fue mi ataque de desesperación más sonado, pero hubo otros. A veces los sigue habiendo, no en ese sentido, pero sí en otros. Momentos en los que me siento abrumada, momentos en los que me veo perdida… y no pasa nada. Porque no quiere decir que no quiera a mi Minina, simplemente quiere decir que necesito retomar fuerzas, caer para poder recomponerme y seguir adelante. Porque yo sabía que ser madre iba a ser duro, pero también precioso, pero no sabía lo realmente duro y realmente precioso que podía llegar a ser hasta que lo he sido.

Así que diría que “el relato único e idílico” del que Samanta habla no existe, pero sí la sensación de “esto es peor de lo que yo me lo esperaba”. Y el hecho de que  por no molestar a los demás con nuestros problemas haya cosas que no decimos o que por intentar quedarnos con lo bueno, acabemos obviando lo malo no quiere decir que no esté ahí, ni que sea menos duro.

Abandonemos ya esta idea de que la maternidad es el último escalón en la pirámide de felicidad de una mujer.

Con esta frase, puede parecer que critica a las mujeres que aspiran a ser madres, pero yo no lo entiendo así. Yo siempre supe que quería tener hijos, pero tengo amigas que de adolescentes decían que no querían, y algunas de ellas han cambiado de opinión, pero otras siguen pensando lo mismo.

Personalmente, creo que con ese comentario Samanta Villar sólo pretende defender el derecho a poder elegir, a no querer ser madre. Puede que para una mujer su finalidad en la vida sea ser madre y nadie tiene derecho a juzgarla por ello; pero también es perfecto que para otra no lo sea. Sin embargo, algo que a nivel teórico parece tan básico, algo que en los hombres no se cuestiona o se cuestiona mucho menos, en las mujeres (y muchas veces aún más entre nosotras mismas) se cuestiona y se juzga prácticamente siempre, como si el hecho de que tener hijos no sea una prioridad en tu vida o directamente no quieras tenerlos implique que “hay algo que falla”o te catalogue como persona egoísta. Qué queréis que os diga, todos estamos en nuestro derecho de tener o no tener hijos, para mí siempre será mucho más grave y preocupante que siga habiendo gente que los tiene sin pensarlo o porque “es lo que  toca” y luego los cuidan de formas poco adecuadas o directamente no los cuidan.

Yo no soy más feliz ahora de lo que era antes, tener hijos es perder calidad de vida, aunque hay momentos que dices: son preciosos. Una cosa no quita la otra.

Seguramente el comentario más candente, el más controvertido, aunque de nuevo la entiendo. Y lo hago porque desde que nació Minina mi balanza de la calidad de vida se ha desestabilizado.

Para empezar, mi economía no es la misma. En parte porque Papagato tuvo la valentía de cambiar de centro de trabajo para cubrir una prejubilación con un 75% de jornada cuando Minina apenas tenía tres semanas de vida. Menos sueldo, pero mucho mejor horario. En una gran parte, también, porque que yo cogí una especie de excedencia y, al incorporarme, lo he hecho a media jornada. Menos sueldo, pero más tiempo con Minina. Menos calidad por una parte, pero más calidad por otra.

Si seguimos por ese camino, hemos pasado de ser dos adultos jóvenes e independientes con bastante tiempo libre para hacer lo que nos apeteciera. Ahora, ese tiempo libre se ha visto reducido drásticamente; algunas semanas ni siquiera sabemos lo que es eso. Pero eso es así si pensamos en tiempo libre para nosotros solos (juntos o de forma independiente 🙂 ). Tiempo libre con ella tenemos mucho, y ese tiempo libre a veces es maravilloso, pero a veces resulta agotador (dependiendo, sobre todo, del estado de ánimo de Minina). Nuevos desequilibrios en la balanza.

Y por poner otro ejemplo, antes de ser padres, en Villa Felina viajábamos al extranjero todos los veranos, pero el verano anterior a que ella naciera fuimos dos o tres días a Andorra y el año pasado, con una Minina de unos 8 meses y muchos nervios de padres primerizos, estuvimos unos días en Asturias. Asimismo, hablando sólo de mí, desde que trabajo en el instituto en el que estoy siempre me había apuntado a un viaje de fin de semana que hacen muchos profesores. El año pasado no pude, y este año tampoco voy a hacerlo. Para alguien a quien le encanta viajar, mi “calidad de vida viajera” ha bajado. Y eso no quiere decir que no quiera a mi hija, quiere decir que echo de menos viajar más y más lejos.

Igual que a veces echo de menos irme una tarde al centro de Barcelona simplemente porque me apetece, sin pensar en la hora a la que llego a casa. Igual que a veces echo de menos poder estar tumbada en el sofá viendo la tele o leyendo durante un par de horas. Igual que algunos fines de semana echo de menos poder quedarme despierta hasta las tantas sin preocuparme de a qué hora me levantaré al día siguiente. Igual que a veces echo de menos pintar, o tener más tiempo para hacer ganchillo o para no hacer nada. En todos esos sentidos, hay veces en las que podría llegar a pensar que antes vivía mejor, y eso no quiere decir que no quiera a mi hija o que sea mala madre, sólo quiere decir que soy humana y echo de menos cosas que me gustaba hacer.

Claro está, contra todos estos aspectos negativos, está la otra parte, y esa otra parte es Minina. Su sola presencia; su forma de caminar; el modo que tiene de moverse; su sonrisa, sus muecas graciosas, su risa; el modo en que me mira; incluso el modo en que llora desconsolada en sus ataques de “mamitis”; las pocas siestas que puedo echarme con ella; el olor de su pelo; sus enfados irracionales; sus grititos de alegría y sorpresa; ella y solamente ella, con las luces y las sombras que toda ella implica, equilibra la balanza a la que antes me refería aunque muchas otras veces sea ella también quien la desestabiliza, o incluso me haga preguntarme dónde narices habré metido la balanza o si se habrá roto, la maldita.

Recogiendo las palabras de Samanata, yo tampoco soy más feliz de lo que era antes, sino que mi felicidad es diferente, como también lo son mis sufrimientos y mis penas porque yo ya no soy la misma persona y mis condiciones de ahora no tienen nada que ver con las de entonces. Y es que ser madre te cambia la vida, pero por mucho que una intente imaginarse cuánto, no es consciente hasta que le sucede. Y cuando cambia, lo hace para bien en muchísimos aspectos, pero también para mal en otros puntos esenciales de tu vida anterior, con lo que nada quita que deje de ser un cambio drástico y, por lo tanto, muy duro.

Por todo lo dicho entiendo a Samanta. Entiendo lo que dice porque en algunos momentos he podido sentir algo parecido, y creo que unas frases tan contundentes pueden llevar a muchos malentedidos fuera del contexto en el que fueron dichas. No olvidemos, por ejemplo, que la periodista tiene 41 años y es madre de mellizos. En los tiempos que corren una persona con 40 años es joven, pero no puede ser lo mismo afrontar la maternidad con 25 o 30 años, que afrontarla con 10 o 15 más. Del mismo modo que no es lo mismo afrontarla con un hijo que con dos a la vez. No olvidemos, tampoco, que Samanta es periodista, que siempre ha sido una persona que en sus programas ha dado frases contundentes y buenos titulares, de modo que en una entrevista de promoción no iba a ser menos. Pero aunque no tuviéramos todo esto en cuenta, son sus palabras, sus sentimientos, su forma de ver las cosas y los demás deberíamos tratar de entenderla y, si no lo logramos, al menos ser capaces de respetarla.

Así que, para terminar de forma breve, y por todo lo dicho hasta ahora: Samanta, tienes todos mis respetos. Sólo espero que con el tiempo tu balanza se reequilibre y allá donde ves más sombras que luces, acabes viendo más luces que sombras. 🐱

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