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Las buenas enfermeras

logoheart_thumb3¡Hola Mamagatas!

Después de hacer mis confesiones de cesareada, parece que se ha abierto mi baúl de los recuerdos y llevo días acordándome de los primeros días en el hospital y lo importante que es, tras un parto, tener buenos profesionales a tu alrededor. Por desgracia, en mi caso, antes de poder valorarlo de verdad tuve que tener una mala experiencia. Con la primera enfermera, además. Como es un tema que me remueve bastante cuando lo pienso, quería contaros mi experiencia.

Tal y como ya os expliqué, tuve la suerte de que Papagato estuviera en la cesárea conmigo. Pero en cuanto la operación terminó y tras estar un poco con Minina, la comadrona se fue con él y Minina a la planta de maternidad. Fue una suerte que él pudiera ir, la verdad, aunque me imagino que si no se lo hubiera pedido ella, Papagato la hubiera seguido de todos modos, jijiji.

Entonces, tocó mi espera. El cirujano dijo que todo había ido bien y que en unos minutos vendrían a buscarme para subirme a planta. Tuve que esperar un poco más de lo normal, cosa que sé por los comentarios que hacían las trabajadoras que empezaban a limpiar el quirófano mientras yo seguía allí. Luego, cuando me subieron, tanto Papagato como LosYayos y LosAbuelos estaban esperando en el pasillo. Entonces me enteré de que se habían llevado a Minina, pero que nos la iban a traer en breve.

Estaban colocándome entre dos o tres personas en la camilla de mi habitación, cuando Papagato y yo oímos que alguien se quejaba desde la puerta: “La he traído ya porque la comadrona me lo ha dicho. Y yo cumplo con lo que me dicen“. Y digo que se quejó por el tono sarcástico y la risa molesta que acompañaron a ese comentario, que volvió a repetir y fue seguido por alguna risilla incómoda de  sus compañeros al puro estilo “quizás no sea el momento ni el lugar adecuado para decir eso“.

En cuanto estuve colocada en mi camilla, la enfermera se acercó con Minina y, con muy pocas ganas, cogió una almohada para ponérmela encima y, más o menos, me dijo: “Mira, te la colocas aquí. La pones así y se engancha al pecho“. Habló rápido, como si tuviera prisa, como si le molestara tener que explicarlo. Minina se enganchó, es verdad, pero se soltó enseguida. “Eso es porque tiene frío, a la que entre en calor se agarrará“. Espero no sonar soberbia, pero yo sabía que no era por eso. Se había enganchado rápido, pero al no salir nada, se había soltado. Yo sentí que no era frío, sino frustración por no obtener nada (o quizás muy poco) mientras succionaba. A todo esto, ella siguió hablando y dijo algo de que volvería en un rato. También me pareció entender que entonces se la llevaría pero, la verdad, ni yo ni Papagato estábamos seguros de lo que había dicho. Supongo que tenía ganas de irse. Y cuando nos quedamos solos, entre Papagato, yo y kilos de paciencia, conseguimos que mamara un poco, a pesar de estar a la misma temperatura que unos momentos antes.

Un rato después, la misma enfermera entró y nos preguntó que cómo iba la cosa. Al acercarse, hizo ademán de coger a Minina. “¿Te la llevas?” le pregunté. “Ah, si no quieres no, pero que sepas que tendrás que tenerla encima unas horas para que entre en calor“. Como si no pensara hacer eso ya pero, aún peor, como si para ella fuera una ofensa que hubiera cuestionado lo que iba hacer. “Tranquila, no se va a separar de mí en toda la noche“.

Quizás explicado de esta manera, pueda parecer una tontería. Pero mirémoslo en perspectiva: habían pasado unas dieciocho horas desde que había roto aguas;  seite u ocho desde que habían empezado a ponerme oxitocina, unas seis desde que me habían dicho que la cosa iba muy lenta y que, si no avanzaba, acabaría siendo cesárea… y habían acabado de realizarme la cesárea hacía nada. Y era madre, madre primeriza. Y estábamos nerviosos, cansado e inseguros. Creo que es fácil de entender que la mujer nos dejó muy mal sabor de boca. Recuerdo que Papágato y yo nos miramos y, no sé si lo dijimos en voz alta, pero los dos pensamos lo mismo: como todas sean así, vamos listos.

Por suerte para nosotros, las otras enfermeras fueron todo lo contrario. La que vino de madrugada para enseñarle a Papagato a cambiarle el pañal y que, de paso, me volvió a ayudar a engancharla al pecho. Las que me curaron la incisión cada mañana, que fueron también las que me tuvieron que limpiar durante las horas que no pude levantarme. Las que nos ayudaron cada vez que les llamamos porque Natalia no se enganchaba bien al pecho o, aunque lo hacía, no sabíamos si lo hacía de la forma correcta… todas ellas. Personalmente, recuerdo a dos de ellas en especial:

Una mujer con mucha experiencia a sus espaldas que me animaba junto a su compañera cada mañana con pequeños comentarios “esta cicatriz es de manual, da gusto verla”; “lo estás haciendo muy bien, sí, ya sé qué duele al levantarse, pero cuanto antes te muevas antes te recuperarás”; “has mejorado mucho en estos días”. La misma que un día que me sentía un poco abrumada porque Minina había perdido bastante peso y parecía que con el pecho no se quedaba saciada, sacó a toda la familia de la habitación y me la colocó encima mientras yo intentaba no llorar y me decía: “tu desahógate que no pasa nada, aquí todo el mundo sabe y da consejos, pero esto es entre vosotras dos y tú lo estás haciendo muy bien“, para luego explicarme un par de truquillos de esos que sólo te da la experiencia.

La otra, una enfermera más joven a la que molestamos más de una vez por las noches con nuestras dudas pero siempre venía con una sonrisa en la cara. Una mujer muy dulce que, cuando le dije que no sabía si Minina se agarraba bien y que estaba preocupada, nos trató con toda la paciencia del mundo y, al ver cómo colocaba a Minina y cómo succionaba, sonrió, sacudió la cabeza y me dijo “no recuerdo haber visto un bebé tan pequeño que se agarrara de esa forma“. Es probable que no fuera cierto, pero mentiría si dijera que ese comentario no me tranquilizó mucho cuando la escuché.

Obviamente, es probable que las palabras no fueran esas exactamente, pero los mensajes y las sensaciones que produjeron sí, y no los olvidaremos nunca. Tanto los buenos como los malos. Por eso es una lástima encontrarse con gente así. Entiendo que todos somos humanos y tenemos nuestros días, mejores y peores… pero cuando se trabaja de cara al público,cuando tratas con personas convalecientes, el trato es crucial. He de decir, además, que a esa enfermera por suerte sólo la vimos una vez más, pero aunque no fue tan desagradable, sí fue cortante y nosotros nos sentimos bastante incómodos. Y me pareció una lástima, me lo sigue pareciendo cada vez que me doy cuenta de cómo enturbió algunos de nuestros primeros recuerdos con (y sobre) Minina y en cómo es muy probable que haya hecho lo mismo con otras familias. Me provoca pena y enfado cada vez lo pienso aunque, intentando ser positiva, seguramente esa mala experiencia me hiciera apreciar luego mucho más el trato cálido del resto de enfermeras, y que conste que hablo en femenino porque, en nuestro caso, no hubo ningún enfermero.

Así que gracias. Gracias a los profesionales que ayudan a las familias gatunas en sus primeros momentos con sus mininos. Gracias a aquellas y aquellos que les hacen sentir seguros, apoyados y reconfortados en momentos de nervio e incertidumbre. Gracias a los que te hacen sentir escuchado, valorado y apreciado, por mucho que ellos estén cansados de oír las mismas dudas o comentarios una y mil veces, aunque vengan de padres y madres diferentes. En resumen, gracias a las buenas enferma… y los buenos enfermeros, claro está. 🐱

 

2 comentarios sobre “Las buenas enfermeras

  1. Muy buen post, y yo k lo tengo aún más reciente, doy fe que hay muy buenos profesionales, tanto dentro de quirófano como fuera.
    Muchos problemas de lactancia vienen por no tener un buen seguimiento en el hospital las primeras horas
    Mil besotes familia gatuna

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