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Confesiones de una “cesareada”

O por qué la cesárea no es el “camino fácil”

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Obra de Tanya Torres, extraída de su página de blog: Mamás en mi arte

logoheart_thumb3¡Buenos lunes, Mamagatas!

Cuando me planteé este blog, nunca pensé en escribir sobre este tema. Pero con el tiempo, cada vez he tenido más ganas de hacerlo. Porque conforme he ido hablando con personas de mi alrededor de lo que han sido para mí estos meses, me he dado cuenta de que mucha gente no es consciente de lo que implica una cesárea, ni del hecho de que la recuperación suele ser peor y más lenta salvo que en un parto natural haya complicaciones. Ahora que lo pienso, tampoco yo lo sabía y me puse bastante nerviosa cuando oí eso de “al final va a tener que ser cesárea, porque al menos ahora ella no está cansada, la cosa no avanza y dentro de un rato quién sabe”.

Antes de empezar a hablar de mi experiencia quería hablar un poco en términos más científicos. Y debo decir que estoy “encantada”, porque acabo de escribir “Cesárea” en Google y la definición que te ofrecen es: “Operación quirúrgica que consiste en extraer el feto del vientre de la madre mediante una incisión en la pared abdominal y uterina y evitar el parto“. Evitar el parto. Como si muchas mujeres no tuvieran que someterse porque no les queda más remedio. Como si que te hicieran una cesárea no implicara tener un hijo… Lo que me recuerda, además, la insensibilidad de este concepto, y de alguna gente que considera que sufrir una cesárea no es parir. Que como siempre digo, cada uno es libre de pensar lo que quiera, pero no es algo que a una cesareada le guste que oír y que, por ejemplo, una amiga mía tuvo que escuchar no hace mucho.

Aunque volviendo al tema, el diccionario de la Real Academia  Española tampoco es que se luzca mucho: “Operación quirúrgica que se hace abriendo la matriz para extraer la criatura“. Así de sencillo, como quien abre una caja de zapatos o una maleta y saca un jersey. Así que mejor busquemos en otras fuentes, para descubrir que una cesárea es un procedimiento quirúrgico mediante el cual los cirujanos practican un corte en el abdomen y el útero para extraer al bebé a través de éste. Pero claro, aquí hablamos sólo de la incisión, del corte en sí, no de los tirones, los apretujones y todo lo que ello implica.

En mi caso, tuvieron que hacerme cesárea porque habían pasado unas 14 horas desde que había roto aguas y no dilataba ni tras varias dosis de oxitocina (la hormona que provoca las contracciones uterinas, entre otras cosas). Y cuando se rompe aguas antes de tiempo y no se dilata como debería, hay riesgo de infección tanto para la madre como para el feto, con lo que pasadas unas horas, lo más recomendable es realizarla.

Como me iban a operar, antes de ir a la sala de cirugía me aumentaron la dosis de epidural, con lo que empecé a temblar mucho, a tener sensación de frío intenso y algo parecido a convulsiones. Cuando finalmente me llevaron, estuve esperando bastante rato (o quizás no fue tanto) a que Papagato viniera porque, por suerte, le dejaron asistir a la intervención. Recuerdo ver a todo el mundo preparándose y yo preguntando: “¿Y Dani, y Dani?” Porque pensaba: “Estos empiezan sin él y entonces sí que me va a dar algo”. Y aunque me repitieron varias veces que lo esperarían, no me tranquilicé hasta que lo sentaron al lado de donde yo tenía la cabeza colocada.

¿Y a partir de entonces? Noté el corte (y me deleité con el olor a pollo quemado que de él emanaba), noté cómo me abrían, cómo removían cosas por dentro, cómo tiraban… pero sin saber bien lo que estaba sucediendo porque, obviamente, no veía nada. Y  a decir verdad, hubo momentos en los que hubiera preferido verlo. Primero, porque soy de esa gente a la que le puede más la incertidumbre y su imaginación que lo que pueda estar sucediendo en realidad. Segundo porque hubo un momento en que el cirujano dijo un “Uy, ¿qué hace esto aquí?” que yo hubiera preferido no escuchar o, ya que lo escuchaba, haber recibido algo de información para no acabar pensando:”¿Le pasará algo a Minina, tendrá algún órgano fuera del cuerpo? ¿O me pasa algo a mí, es que voy a morir”? (Quizás no hacía falta tanto drama, pero dada la situación y mi pseudo hipocondría, es lo que pensé).

Después vino el momento en que el cirujano y la enfermera empezaron a empujar, desde la parte superior del estómago hacia abajo, para que Minina saliera. Empujando con fuerza, haciéndome daño. Pero como Minina no salía, ampliaron un poco la incisión inicial con un corte (que también noté, aunque no me doliera) y vuelta a empujar. Esta vez, con ayuda del anestesista que, como estaba situado detrás de mi cabeza, podía apretar aún con más fuerza. Eso sí, poniendo la mitad de su cuerpo encima de mí para poder llegar. Y tengo que decir que fue muy incómodo porque lo tenía tan encima que me daba la sensación de que se iba a caer y me iba a ahogar y, además, me hicieron daño, mucho daño. Tanto que al día siguiente tenía toda la barriga resentida. Tanto que me extrañó que no me salieran moratones.

Acabado el proceso, cosida y ya en mi habitación con Minina en mis brazos, todo esto quedó atrás en muy poco rato. Pero la anestesia me tuvo temblando hasta horas después. O lo que yo pensaba que eran horas porque, al día siguiente, cuando me incorporaban en la cama para limpiarme, me daba cuenta de que el cuerpo aún me temblaba. Y digo cuando me incorporaban porque durante ese día no pude levantarme. Hubiera sido impensable, no hubiera tenido fuerzas y, además, me hubiera muerto del dolor. ¿Por qué lo sé? Porque pasadas unas 36 horas después de la cesárea me dijeron que tenía que empezar a moverme, al menos intentar incorporarme e ir al baño. Un horror. El dolor de la cicatriz, los tirones de la misma, las maniobras para incorporarme (y volver a tumbarme luego) minimizando el sufrimiento. Recuerdo el alivio de descubrir que lo mejor que podía hacer era incorporar la cama al máximo tanto para levantarme como para volver a tumbarme, aunque así me siguiera doliendo, al menos era más soportable.

A todo eso hay que sumarle la falta de fuerzas. Porque te acaban de operar, porque tienes una cicatriz recién hecha que te atraviesa, porque para poder sacar a tu bebé han tenido que cortarte y estirarte aún más el útero y el abdomen, con lo que  este ha perdido la poca fuerza que pudiera quedarle… Si no recuerdo mal, empecé a caminar hacia el tercer día, y el cuarto me fui de paseo por la planta del hospital varias veces porque estaba agobiada de tanta cama. Pero también recuerdo que me costó caminar durante semanas, que me cansaba enseguida con solo dar unos cuantos pasos, y ya no hablemos de girar el cuerpo, estirarme o agacharme para alcanzar algo o cualquier gesto normal que podamos hacer habitualmente en nuestro día a día. A esto debemos de sumarle el hecho de perder toda la faja abdominal y no poder aguantar nada de peso, lo que dio paso a los dolores de espalda y, durante un tiempo, las visitas esporádicas de la ciática.

Todo esto ya sería de por sí un engorro,  pero sumémosle lo más importante: con un bebé. Un bebé indefenso que necesita que su madre esté a pleno rendimiento. Un bebé que necesita contacto constante, amor, brazos y pecho. Un bebé al que tienes que amamantar (o darle el biberón) a pesar de que te duela hacerlo, a pesar de no encontrar la postura correcta. Un bebé que no entiende de operaciones, de dolor, de cansancio ni de necesidad de hacer reposo. Y un sentimiento de amor infinito que hace que él pase por encima de todo y, si en algún momento sientes que no puedes, provoca que te sientas mal por ello.

Pero los días pasan, tú te vas recuperando y, poco a poco, todo vuelve a lo que se ha convertido en tu nueva normalidad… salvo tu vientre, claro. Porque si en un parto vaginal el cuerpo se recupera en unos 6 meses, en el caso de la cesárea ese tiempo se dobla. Recuerdo que Minina tenía 7, 8, 9 meses y a mí me preguntaban si volvía a estar embarazada. Al principio me molestaba un poco, pero tras mirarme un día delante del espejo pensé: “no me extraña, es que si yo me viera pensaría lo mismo”. No fue hasta los 10 meses (y a un par de semanas haciendo abdominales hipopresivos y tradicionales) que mi barriga empezó a bajar un poco… y aún así, sigo teniendo bastante más tripa de la que tenía antes. No fue hasta los 10-11 meses, tampoco, que la cicatriz empezó a tener un aspecto decente, que dejó de tener un color rojizo-morado y cierto relieve en algunas partes, además de dejar de estar “dura” y, por lo tanto, yo dejé notarla con depende de qué posturas o movimientos.

Lo mejor y peor de todo esto es que soy consciente de que mi cesárea fue “de manual”, o sea, lo normal para haber sufrido una intervención de ese tipo. Pero conozco Mamagatas a las que se les ha complicado más la cosa, o cuya recuperación ha sido más dolorosa, lenta y, para más inri, han tenido que escuchar lo de “es que tú no has parido”. Como si no hubieran traído a sus bebés al mundo, como si no hubieran sufrido también, aunque fuera de forma diferente, como si la cesárea hubiera sido su elección (y si lo hubiera sido, ¿quiénes somos el resto para juzgarlo?).

Así que lo siento, pero no. Me niego a pensar que la cesárea es “el camino fácil”. Me niego a pensarlo y me niego a tener que escucharlo. Tampoco diré que la recuperación sea siempre mejor o peor que la de un parto vaginal, porque en los dos casos habrá habido casos de recuperaciones de cine y casos de recuperaciones largas y horribles. Simplemente pido un poco de tacto y consideración porque, haya sido del modo en que haya sido, todas somos madres, todas hemos sentido miedo o inquietud llegado el momento y todas hemos decidido pensando en lo mejor para nuestros mininos. Y quien no entienda esto, quien no sea capaz de entender que ambas opciones tienen sus pros y sus contras, que ambas opciones tienen sus riesgos, que porque hayan tenido que sacarte a tu minino o minina de una forma diferente porque era los más seguro no eres más ni menos, no merece ni un solo segundo de nuestro tiempo.

mantra
Poema escrito por Mónica Manso en el blog Maternidad consciente

 

5 comentarios sobre “Confesiones de una “cesareada”

  1. Madre mía!
    No me podía ni imaginar lo traumático de una cesárea. Pienso que se tiene a las madres muy desprotegidas y el trato en la cesárea me parece de un poco tacto que asusta y roza la crueldad. Es lo que siento!

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    1. Bueno, supongo que es lo que tienen que hacer para que el bebé salg, y punto. Tampoco es cruel, simplemente es lo que toca. Lo que es cruel es que haya gente que se crea que te puede decir lo que se le pase por la cabeza por haber sufrido una cesárea… o no, vamos, lo de siempre: antes de opinar pregúntate si lo que dices puede doler a quien tiene que escucharlo.

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  2. Uff! Gracias por plasmar los sentimientos de otras personas. He llorado al leerlo. Las hormonas me han jugado una mala pasada…. Pero si, la cesárea no la escogimos, pero a dado unas míninas preciosas 😘
    Gracias, mil gracias.

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