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Niña, deja las gafas

logoheart_thumb3Minina ha tenido desde muy bebé fascinación por las gafas. Siempre le han llamado la atención las personas que usaban gafas, ya fuera de forma positiva o causándole cierto recelo o hasta miedo al principio. Sé que es normal en la mayoría de niños, con lo que siempre he dado por sentado que se le pasaría con el tiempo.

Y así ha sido, la verdad. Salvo conmigo. Como tengo un poco de miopía, sólo suelo ponérmelas en casa cuando me noto la vista cansada. Por eso, cuando me las pongo Minina tiende a quedarse mirándome entre sorprendida y embelesada.

Hace unos días me las puse y, aunque al principio pareció no darse cuenta, la cosa cambió cuando me puse a jugar con ella cara a cara. En cuanto me acerqué, me miró con una sonrisa pícara y estiró los brazos hacia mí para cogerlas. Al principio mi instinto fue apartarme un poco para evitarlo y decirle que era peligroso jugar con ellas. Pero luego decidí quedarme quieta y decirle, simplemente, que tuviera cuidado.

gafas

¡Y sorpresa! Las miró detenidamente unos segundos para luego acercármelas a la cara. Le ayudé a colocar las patillas sobre mis orejas y su sonrisa y el gritito que soltó cuando las empujó hacia mí y vio que me las había colocado bien fue maravilloso. Obviamente, acto seguido volvió a quitármelas para repetir la operación, gritito incluido cuando volvió a conseguirlo.

Entonces pensé en algo que había escuchado en un documental hacía poco tiempo: los niños/los bebés no son más que científicos e investigadores a jornada completa. Todo lo que hacen es observar el mundo y crear teorías sobre él, que ponen en práctica una y otra vez; además se dedican constantemente a probar cosas y a perfeccionar técnicas que nosotros damos por sentado.

Por eso hacen lo mismo una y otra vez (Minina estuvo meses chocando todo lo que cogía con las manos para comprobar si hacía ruido o no. Y aún ahora, cuando toca alguna cosa de tacto o textura nueva, lo sigue haciendo). Por eso intentan hacer cosas que a nosotros ni se nos ocurrirían, o cosas que para nosotros no se deben hacer como, por ejemplo, jugar con un par de gafas.

¿Y cuál es el problema en que lo hagan? Siempre que estemos seguros de que eso no va a suponer un peligro, ninguno. Sólo estamos permitiendo que nuestros pequeños experimenten con el mundo que les rodea y, así, aprendan sobre él y sobre ellos mismos.

Son, básicamente, oportunidades de aprendizaje:  ¿Qué pasa si nuestro hijo insiste en abrir el grifo del videt? ¿Si intenta subir escaleras cada vez que puede, cuando ni siquiera camina? ¿Y si quiere subirse al tobogán por el lado de la rampa o montarse boca abajo en el columpio en vez de sentados?

Como ya he dicho, el niño sólo experimenta. Se cuestiona todo una y otra vez, incluido él mismo y sus propias capacidades y sensaciones (¿volverá a salir agua si le doy a la palanca esa? ¿Y saldrá fría o caliente, como otras veces? ¿Podré subir por la rampa, qué pasará si me columpio muy muy fuerte, podría llegar a dar la vuelta entera?). Y mientras esto suceda en un entorno controlado, mientras nosotros estemos tranquilos y seguros, mientras nos sintamos cómodos, no pasa nada. Es más, para él resulta positivo.

¿Por qué? aPorque así les permitimos un mayor aprendizaje, una vivencia más plena y creativa: permitimos que se cuestionen el mundo, que busquen formas diferentes de actuar y, al hacerlo, les dejamos aprender, pensar y practicar por sí mismos. También les damos pie a que prueben sus propias capacidades, que sean valientes, que sepan que pueden equivocarse y, si hace falta, volver a intentarlo hasta conseguirlo. Y así, de forma indirecta, estamos ayudándoles a convertirse en futuros adultos seguros de sí mismos, capaces de pensar por sí solos, de “salirse de la línea”, a pensar de forma diferente cuando sea necesario, porque serán capaces de cuestionarse lo establecido, incluso lo que han pensado de ellos mismos en un momento dado.

Como he dicho otras veces, eso no quiere decir que no haya normas: el grifo no puede estar siempre abierto, puede haber momentos para experimentar con la comida, para jugar con las gafas, para hacer cosas que no suelen hacerse en el parque… pero también hay momentos en los que, por los motivos que sea, no es así (hay otros niños esperando a subirse al columpio o al tobogán, o bien esas gafas sí que se rompen con facilidad). A mi modo de ver, la gracia está en saber diferenciar, en no decir siempre NO para que nuestros hijos experimenten y tengan una vivencia más plena.

Así que, Minina, no dejes de jugar con las gafas siempre que puedas. Aprende a ponérmelas por ti sola. Abre y cierra sus patillas una y otra vez para observar cómo lo haces y mejorar en cada intento y, cuando seas un poco más mayor, te permitiré, si quieres, que juegues con ellas con cuidado porque sólo son gafas (unas gafas a prueba de golpes, he de decir. Que soy una Mamagata muy patosa y se han caído al suelo unas cuantas veces) pero quién sabe en qué se podrían convertir para ti… 🐱

2 comentarios sobre “Niña, deja las gafas

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